31 mayo, 2012

Agüero

No iremos al circo. ¡No!. Ni sé por qué, dijo con algo ronco en la voz…Cuando sintió el zarpazo en su costado, revivió  aquella pesadilla. Despertó ahogada por el jadeo. Le contó al hombre medio dormido y se fue por un café. Lanzó el grito contra las gradas: ¡No! Abrió los ojos cuanto pudo, pero la realidad no te devuelve al sueño. Cuando el segundo tigre le quebró el occipital, musitó el nombre del que había dicho: No iremos al circo...

28 mayo, 2012

A pedazos



 El anón desapareció del patio, a golpe de sequía y plaga. Según los árboles frutales se perdían, nosotros crecíamos y entonces mis amigos,  hermanos de la cuadra, dejaban de treparse al mango o de robarse la guayaba.
Pero a Elisa le gustaba el anón y por la fruta regalada, me gritaba desde su casa y yo iba por mi vaso del batido. Su tornado inolvidable, sus cuidados y aquel hijo grande y asmático ahogándose en su carcajada: Niña, pero ¡qué genio tienes te vas a enfermar del hígado!
Cuando la hija se casó con aquel camionero mayor que ella, los vecinos la empezaron a juzgar. Era el primero en los trabajos voluntarios,  el más rojo en los domingos;  pero después, en un tajo de la yagruma,  cambió. Tuvo teléfono y divisas que entraban, nadie sabe cómo ni por qué. Vociferaba en contra de todo, se quejaba.  La casita mejoró y los vecinos se callaban la boca, como decimos en Cuba porque era el único teléfono plantado donde se podía ir a hablar. Una peseta bastaba para pagarles la llamada o un peso, depende de la extensión de la charla o la culpa por la molestia.
Cuando ellos se fueron, cuarentona y sesentón,  el anón ya hacía más de treinta años que se había secado y sobre sus raíces estaba enclavada la ventana de mi cuarto azul, desde allí Elisa se veía como hormiga sola, vendiendo café.  El día,  un cafetal interminable, endulzando hasta la tarde el conjunto verde natural. La base de taxis enclavada en el viejo mangar se llenaba de gritos: ¡¡¡Elisa!!!, ¿tienes café?

Mami echaba los ojos sobre mí, como al descuido: Mira, uno tiene hijos para verlos crecer y después te mueres sola. Mira esa mujer solita con su alma.
Elisa dejó de visitar a los vecinos, pasaba rápida y sin saludar. No permitía ni preguntas ni conmiseración. Tostaba, colaba y vendía café. Para ella, era la única trinidad que conocía.
Una mañana se hizo el silencio, el aire olía a gasolina de la Base de taxis allá atrás. Los gritos se ahogaban de cansancio y sin café, parecía más lento el trasiego de una calle cuyos vecinos, en mayoría jubilados adornaban desde el amanecer cada portal.
Elisa se fue. Elisa se fue. ¿Cómo? Silenciosa. Nadie vio movimiento de maletas, ni puerta entornada. Entre el humo del café debió irse en madrugada. No se despidió de nadie. No dio ni una pista. Mi madre todavía se queja en la cocina: Mira eso y pensar que envejecimos juntas. Nadie ni se lo olió. Y uno con lástima por su vida sola, mira nada más…
No me he vuelto a parar en la ventana de mi cuarto azul.  Perdió su diseño de dos alas.  Hace años le nació una reja como una amenaza. 
Seis meses le han contado a  Elisa, sus vecinos de antes.  Vive  en Estados Unidos. . Mi padre dice que ahora todos hacen una colada individual. Que él sigue mordisqueando la uña de su meñique mientras el café demora en hervir y así repasa el día, la nada por hacer. Mi madre me escribe en posdata: Una matica rara ha empezado al lado de tu cuarto, dice tu padre que es otra vez el anón, pero no sé.
Tengo ganas de un árbol para llenarme los ojos de ramas y de hojas, como cuando era niña y estábamos todos.

25 mayo, 2012

Días de esos

En el autobús, la niña de ocho años le iba contando de ipad y  generaciones de aparatos. Le describió a su nana, pero no se le antojaba para jugar. Que su mamá vivía en el teléfono y un día llegaba a la escuela en una Hummer y otro en el Mercedes. Se llamaba Diana como la cazadora, dijo atrapada en una ingenua sonrisa. Cuando llegaron a la casa hogar la Miss X reunió a los alumnos, les pidió considerar la visita como una oportunidad. Mientras hablaba los de sexto levantaban las narices, frente a la inmensa jaula de los pájaros.

Cuando la Cuentacuentos levantó la voz y sonaron las claves, los ojos se unieron en una sola visión. El animal más grande del mundo llenó la habitación y se extendió por las ventanas, el pequeño gusanito le abrió los ojos a cada quien y repitió entre risas: Soy el animal más grande que existe, aplasto al rinoceronte y al elefante lo hago… A la salida una chiquita de ocho años, de playera blanca y pantalón desteñido se acercó, le dio un beso. Un chico grande de chaqueta de mezclilla sonrió y levantó los ojos sin vergüenza. Uno de los chicos con uniforme impecable tecleaba en el celular y otro pasó al frente, con cara de “no estás en mi facebook”.

De regreso, en el camión, la Miss X interrogó a los alumnos sobre la visita, qué les pareció la actividad. Distraídos se peleaban por unas gelatinas, que alguien olvidó entregar a los chicos con refugio sempiterno en la casona de las monjitas.

Diana, la alumna que me contó de sus materiales bendiciones levantó la voz:

- ¡Que los pobres también son chidos!- y se ahogó en una carcajada.

Escultura de Charlotte Yazbet.








22 mayo, 2012

Ego


El escritor larvado detrás de su obra, teclea una barricada de silencios. Ella evitaba la tendedera  en la nube. Como  lectora debía lidiar con un monólogo cada vez más doloroso. Se inventaba un sabor para la admiración oculta allá detrás de su avatar .  Y al principio tocaba la pantalla como si le acariciara a él, la barba de tres días. Imaginaba el diálogo al pie de la ventana y el ciprés. Pero ahora,  después de comentarios sin respuestas; jalonea el monitor y le espeta groserías. El escritor se pregunta, a diario,  por qué nadie lo viene a leer.

16 mayo, 2012

Contrapunteo

La gente se muere dondequiera. Los problemas humanos son iguales en todas partes.
                                                                                              Juan Rulfo

A la espera de una intervención definitoria, en el Hospital Cardiovascular de la Habana, acompañaba a mi padre y para quitarle el miedo a la realidad de que le atravesarían el muslo para llegarle al corazón, le contaba El gallo de Oro de Juan Rulfo.

Papi, clavaba sus ojos grandes en mí y me parecía contarle a un niño. Terminamos la historia días después y hablamos de las dependencias y los apegos. Le dije que a través de la obra de  Juan Rulfo había descubierto por qué me daba miedo observarme en el espejo, por qué le temía a la mirada fija de quien me mira sin ver.

Por allá del 16 de mayo de 2017 estarán nombrando por todos lados a Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, hoy por esa convergencia desleal de los acontecimientos, el azar o el destino pocos le mencionan, porque ha muerto Carlos Fuentes.

Y regreso a aquel periodo en Cuba, en  que la Feria del Libro era un acontecimiento revitalizador para mí y compré una edición preciosa de El gallo de Oro, de Rulfo y Cristóbal Nonato, una novela de Carlos Fuentes:

"México es un país de hombres tristes y de niños alegres dijo Ángel mi padre (22 años) en el instante de crearme. Antes mi madre Ángeles (menos de 30 años) había suspirado: "Océano origen de los dioses." Pero pronto no habrá tiempo para la felicidad y todos serán tristes, niños y viejos juntos, continuó mi padre quitándose los espejuelos redondos, violetas, con aro de oro, muy Johnlenones. ¿Para qué quieres un hijo entonces?, volvió a suspirar mi madre."

 Hoy una anónima lectora como yo, les rinde el homenaje de la relectura y se sorprende ante  el vaticinio de un Cómala que emerge en poblados del Norte de este país y de un México que predijo Fuentes, a través de la historia del no nacido y de una vagina endentada… que todavía queda mucho por ver.

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